Mi primera guardia

Hay cosas en la vida que uno no puede olvidar. A menos que tengas esa enfermedad en la que se depositan proteínas beta amiloides en tu cerebro; en ese caso, amigo, estás en todo tu derecho de olvidar cosas. Y, sinceramente, sería muy triste, ¿no?

¿Se imaginan vivir muchos años y que, en la última etapa de su vida, cuando quieren empezar a contarles a sus nietos, hijos y amigos todas sus experiencias, llenas de triunfos y también de algunos fracasos que los llevaron a ser quienes son hoy, les empiece a fallar la memoria?

Tan solo ponerme en el lugar de aquellas personas cuyos familiares sufren esa enfermedad, y pensar que llegan al punto de no ser reconocidos por sus propios padres, hijos o pareja, es algo muy doloroso. No se lo deseo a nadie.

Creo que lo que más odiaría en la vida sería que me quitaran mis recuerdos y mi capacidad de hacer todo aquello que siempre soñé. Y bueno, hay cosas que definitivamente no puedes olvidar: tu primer beso, tu primer amor, tu primera vez… o tu primera guardia. Durante todos los años que llevo estudiando esta hermosa carrera, siempre había escuchado decir que lo peor de lo peor eran las guardias. No puedes dormir, pasas toda la noche en el hospital esperando que llegue cualquier emergencia y debes estar listo para lo que venga.

No sé ustedes, pero a mí eso me parece fascinante. La sola idea de pensar en la cantidad de oportunidades para aprender durante una guardia me llenaba de emoción.

Probablemente esté hablando así porque recién estaba en quinto año y, quién sabe, tal vez cuando llegara al externado o al internado cambiaría de opinión. Pero, por ese entonces, hacer guardias era LO MEJOR QUE TE PODÍA PASAR.

Antes que nada, quiero contarles que mi primera guardia fue un Jueves Santo, un 19 de abril (aniversario de mis padres), a las 8:30 p. m. Y casi no llego. Soy una persona a la que le encanta organizarse y tener todo bajo control. En esa época tenía libres las tardes de los miércoles y viernes, y las aprovechaba para ir a un hospital geriátrico a recolectar datos para un trabajo de investigación del que ya les hablaré en otra entrada. Después de eso me iba a mis clases de inglés y regresaba a casa alrededor de las once de la noche, completamente agotada, para levantarme temprano al día siguiente y continuar con mi rutina.

Las guardias durante el curso de Cirugía I eran voluntarias y, sinceramente, moría de ganas de hacer una. Pero entre todas mis actividades simplemente mi cuerpo no daba más.

Así que esperé con ansias la Semana Santa por varias razones:

  1. Los pacientes del hospital geriátrico no asistirían a consulta.
  2. No tenía clases en la universidad por ser Jueves Santo (gracias, UCSUR).
  3. Tampoco tenía clases en el instituto de inglés.

Todo estaba perfectamente calculado.

Entonces me desvelé estudiando para dejar todo listo y tener la mañana del Jueves Santo libre. Mi plan era dormir unas horas y llegar completamente despierta a mi primera guardia.

Pero…

Mi mamá me sorprendió llegando a Lima para pasar Semana Santa juntos en familia. Me alegró muchísimo la idea de que mi mamá hubiera venido a pasar Semana Santa conmigo. Enseguida llamé a Carlos Monzón, mi amigo del alma, para pasarla juntos como familia, y nos fuimos en carro a Huaral a las 7:00 a. m.

Es un lugar muy bonito, pero el viaje era larguísimo y súper cansado. Durante todo el camino no dejaba de preocuparme por no llegar a Lima o, peor aún, por no llegar puntual a mi primera guardia. A pesar de todo, llegué a mi casa alrededor de las 8:00 p. m. Tenía solo media hora para llegar al Hospital Loayza. Estaba completamente sucia, así que me di un baño rapidísimo, me puse mi scrub blanco y mi amuleto de la suerte (que, en serio, da suerte). Llegué aproximadamente a las 8:30 p. m. y, para cuando encontré la sala de Emergencia, ya eran cerca de las 8:40. Allí estaban mis dos compañeros de guardia y mis dos maestros, el Dr. “C” y el Dr. “A”, quienes, claramente, ya estaban cansados de esperarme. Por dentro repetía una y otra vez: “La guardia está tranquila”. Había escuchado que jamás debías decir esa frase porque, supuestamente, la guardia se ponía terrible y empezaban a llegar pacientes por todos lados. Era casi una superstición.

Pero yo quería ver pacientes.

Así que supongo que la frase funcionó.

Poco después llegó una paciente joven con diagnóstico de apendicitis aguda y los doctores nos dijeron que entraríamos a sala de operaciones.

Yo estaba emocionadísima. No podía creer que, en mi primera guardia, iba a entrar a una cirugía. Recuerdo perfectamente que, mientras caminábamos hacia el pabellón quirúrgico, empecé a brincar y a gritarle de emoción al oído a Piero, tratando, obviamente, de disimular delante de los doctores para que no pensaran que estaba completamente loca… aunque, siendo sinceros, probablemente sí lo parecía.

Lo curioso es que no lograba entender por qué estaba tan emocionada.

Yo ya había entrado muchísimas veces a sala de operaciones con mi papá. Él es traumatólogo y, cada vez que tenía la oportunidad, me encantaba acompañarlo para ver cirugías.

Pero ese día era diferente.

Primero, porque no estaba con mi papá; estaba allí como estudiante de Medicina, dando mis propios primeros pasos. Segundo, porque era la primera vez que iba a ver una apendicectomía. Y tercero… porque después de haber visto tantas temporadas de Grey’s Anatomy, literalmente me sentía como George O’Malley en su primera cirugía, que, curiosamente, también fue una apendicectomía.

Estaba inmensamente feliz. Sentía que había llegado mi momento. No les había contado, pero apenas en mi segundo día de rotación por Cirugía estuve a punto de cerrar una hernia abdominal.

Y digo “a punto” porque, justo cuando ya me estaba colocando los guantes, un doctor me pidió que saliera de la sala porque había llegado el otro docente con el que debía rotar.

Honestamente, nunca antes me habían ilusionado tanto. Ni siquiera mi crush.

¿Qué le costaba dejarme quedarme solo esa vez? Me fui tristísima.

Desde ese día solo esperaba una nueva oportunidad. Y esa oportunidad llegó durante mi primera guardia.

Adoro los finales felices.

Llegamos al pabellón, nos cambiamos con la ropa quirúrgica y llegó la prueba de fuego: el famoso lavado de manos. Ese lavado era decisivo para saber quién de los tres tendría la suerte de entrar a sala, ponerse la bata estéril y asistir a la cirugía desde la primera fila.

La enfermera nos observaba atentamente, esperando que alguno cometiera un error.

Fui la primera en terminar el lavado correctamente.

Había ganado.

Entré a sala y allí me esperaba una bata estéril. Para mala suerte de mis compañeros, solo había una disponible. Supongo que, una vez más, mi amuleto había hecho su trabajo.

Me coloqué los guantes y, de un momento a otro, estaba ahí, a pocos centímetros del campo operatorio, observando cada paso de la cirugía.

Cuando entré, la intervención ya había comenzado, así que me perdí la primera parte. Casi de inmediato empezaron las preguntas del Dr. A., y creo que no respondí bien ninguna. Me sentía un poco tonta.

Pero, al menos, estaba ahí.

Sujetaba las pinzas, ayudaba en lo que podía y trataba de aprender cada detalle.

Y cuando pensé que aquello ya era suficiente, el Dr. A. hizo algo que jamás voy a olvidar.

—Ven para acá.

Lo primero que pensé fue: “Ya hice algo mal.”

Pero no.

Lo que quería era que cerrara la cirugía.

Chicos, no les miento.

En ese instante sentí que las manos empezaban a temblarme. Era una sensación imposible de controlar. Me sentía como Peter Parker cuando la araña lo pica y de pronto no entiende qué está pasando con su cuerpo.

Y, como si fuera una película, recordé una conversación que había tenido meses atrás con un amigo mientras estudiábamos Anatomía. Los dos decíamos que uno nunca sabría realmente si había nacido para ser cirujano hasta el día en que entrara a una sala de operaciones y comprobara si las manos le temblaban o no.

”¡Puta madre!”, pensé.

Respiré profundo e intenté calmarme. Poco a poco mi cerebro volvió a conectarse. Tomé la aguja, recordé las horas practicando en los bloques de dunlopillo durante el taller de suturas que habíamos tenido apenas dos días antes… y empecé a suturar.

Puntada tras puntada.

Con una concentración que nunca antes había sentido. Cuando terminé, levanté la mirada. Frente a mí estaban el Dr. C. y el Dr. A. observando mi trabajo. Recuerdo que uno de ellos dijo:

—Lo hizo bien.

Esa frase, tan simple, significó muchísimo para mí.

Del otro lado estaban Piero y Ambrosio grabándome y sonriendo casi tanto como yo. Si algún día leen esto, gracias. Y gracias también por esa foto, porque cada vez que la veo vuelvo a sentir exactamente la misma emoción de aquel día. Estar ahí fue algo mágico.

En apenas unos segundos pasaron por mi cabeza todos los años de estudio, todas las noches sin dormir, todos los exámenes, todas las veces que dudé de mí misma y todas las veces que soñé con convertirme en médica.

Sentí que, por fin, estaba viviendo aquello por lo que tanto había trabajado.

Cuando salí de la sala de operaciones no dejaba de repetir:

—Gracias… gracias… muchas gracias.

Los doctores solo sonreían y asentían con la cabeza. Probablemente para ellos aquello era algo de todos los días.

Pero para mí…

Para mí fue uno de esos momentos que cambian una vida.

RECUERDA: lo único que suele interponerse entre las personas y sus sueños es el miedo al fracaso. Sin embargo, fracasar también forma parte del camino. Nos pone a prueba, nos obliga a crecer y nos prepara para aprovechar las oportunidades cuando finalmente llegan.

Y, si ese día aprendí algo, fue que a veces los sueños empiezan de la forma más inesperada: sujetando unas pinzas, con las manos temblando y sin creer que, por fin, llegó tu turno.

Deja un comentario